Saltar al contenido
Juan Dalí Tarot y videncia · Valencia Llamar 960 992 822

Quién soy

Me llamo Juan Camilo Arboleda Rentería, pero todo el mundo me dice Juan. Nací en Cali, llevo en Valencia desde 2003 y pasé quince años detrás de una barra antes de dedicarme solo a las cartas. Lo de ver me viene de mi madre. Lo de escuchar, del bar.

Juan Dalí en su casa del Cabanyal, con los antebrazos sobre la mesa y el balcón detrás

Cali y el péndulo de mi madre

Nací en 1976 en el Barrio Obrero, el mayor de tres. Mi padre, Hernando, conducía una buseta de la ruta de la Quinta. Mi madre, Rubiela, tenía una tienda en el bajo de la casa, de esas que venden de todo por unidades.

Mi madre veía cosas, y no le gustaba hablar de ello. Tenía un péndulo pequeño de latón: lo usaba para encontrar lo que se perdía en casa y para las preguntas de sí o no de las vecinas, y nunca cobró por eso.

Con siete u ocho años empecé a saber quién iba a llamar a la puerta antes de que llamaran. Mi madre me dijo dos cosas que todavía repito: que eso no se cuenta, y que no se usa para asustar a nadie. Por eso digo que soy vidente de nacimiento. No es una ceremonia: lo traigo de casa, igual que el acento.

Por qué me llaman Dalí

En el colegio dibujaba lo que soñaba, y algunas veces lo que soñaba pasaba. Doña Gloria, la profesora de dibujo, me puso «el Dalí» por lo raros que eran los dibujos, y se me quedó.

No tengo nada que ver con el pintor. Lo uso de nombre de trabajo porque el mío, Juan Camilo, es el de medio Cali.

El tarot egipcio, a los quince

En 1991 me compré un tarot egipcio en un puesto de la plaza de Alameda, con un librito de instrucciones. Aprendí tirándoselo a los compañeros del colegio. Todavía lo tengo: dos cartas pegadas con celo por detrás y envuelto en un pañuelo. Solo lo saco para las decisiones grandes.

Juanchito y la primera consulta cobrada

Con diecinueve años entré de mesero en un bar de salsa de Juanchito, al otro lado del río Cauca. Ahí aprendí el oficio de la barra: servir rápido, no juzgar y escuchar sin que se note.

Echaba las cartas de madrugada, después de cerrar, a los compañeros y a algún cliente fijo. En 1998 uno me pagó por primera vez. Ahí empezó esto.

Valencia y quince años en la barra del Grau

En 2003, con veintisiete años y la crisis encima, me vine a España, como media Colombia de aquellos años. A Valencia, porque aquí tenía un primo. A los tres meses ya estaba detrás de la barra de un bar del Grau, cerca del puerto, y allí me quedé quince años.

Esa fue mi escuela de verdad. Por un bar de puerto pasan estibadores, marineros, comerciales y oficinistas, y a las dos de la mañana te cuentan lo que en casa se callan: por qué no llamaron, por qué se fueron, qué les da miedo, qué les dio vergüenza. Aprendí que lo que alguien hace dice más que lo que dice, y que un silencio no siempre significa lo que crees.

Por eso cuando me preguntas qué siente él, o ella, no te contesto con lo que dicen los libros. Te contesto con lo que he oído.

Las runas de Øyvind y el Rider

Entre 2006 y 2010, un jefe de máquinas noruego, Øyvind, venía al bar cada vez que su barco hacía escala en Valencia. Me enseñó las runas a ratos, dibujándolas en una servilleta, y en 2010 me regaló un juego tallado en madera de abedul. Las uso poco y con respeto: una runa es para la semana, no para la vida.

El Rider llegó antes, en 2005, por una razón práctica: aquí la gente no reconocía las figuras del egipcio. Es la baraja con la que leo casi todo, y la que leo por WhatsApp.

Mi casa, mi familia y el teléfono

El salón de Juan en el Cabanyal: la mesa con el tapete de su madre, el balcón con la buganvilla y la estantería con fotos de la familia

En 2006 me casé con Amparo, que venía a desayunar al bar todos los días. Tenemos dos hijos, Samuel y Valentina.

En 2012 empecé a atender por teléfono a última hora de la tarde, sin dejar la barra. En 2018 la dejé y desde entonces me dedico solo a esto, desde casa: un segundo piso en el Cabanyal, con la fachada de azulejos verdes y a tres calles de la playa. Trabajo en una mesa junto al balcón, con un tapete que me mandó mi madre de Cali y un tinto al lado. Tinto, en Cali, es un café solo.

No hay velas ni incienso. Es el salón de un hombre que trabaja en su casa, con su familia al lado.

Hoy, al teléfono, no estoy solo: atendemos mi equipo y yo, todos los días y a cualquier hora, con las mismas reglas.

Cómo trabajo

  • Primero la respuesta, después el porqué. Sí, no o todavía no. Nunca te dejo con un «ya veremos».
  • Te leo a la otra persona, que es a lo que viene casi todo el mundo: qué siente, qué le frena, qué es probable que haga. Lo que no te doy por cierto es un hecho.
  • No pongo días. Pronto, o para meses. Un día exacto no lo da nadie.
  • Ver no es mandar. Yo te digo lo que veo. Lo que hagas con eso lo decides tú.
  • Nadie hace volver a nadie. Por eso no hago amarres, ni endulzamientos, ni limpias. En Cali los vi vender en cada esquina.
  • Lo que me cuentas se queda aquí. En mi libreta solo apunto tu nombre de pila y tu pregunta, y de ahí no sale.

Pregúntamelo como se lo preguntarías a un amigo en la barra.